LA ZONA DE LOS NOMBRES : Rafael de Cózar

El escritor, pintor y profesor Rafael de Cózar vivió por la literatura y, al final, dio la vida por ella. Murió intentando salvar de las llamas el incendio que se había iniciado en la biblioteca con 9.000 libros de su casa, en el pueblo sevillano de Bormujos. Los bomberos lo encontraron inconsciente en la segunda planta de la vivienda, junto al extintor con el que había intentado sofocar el fuego que acabó devorando su tesoro de papel.


Su viuda, Natalia Turrión, explicaba a EL MUNDO en el cementerio de Bormujos, Sevilla, minutos después de inhumar el cuerpo del poeta en el nicho 280, que "no hubo ninguna explosión" de bombonas o estufas de gas en la cocina, en la primera planta, como se dijo al principio, puesto que la calefacción es central y no tienen calentadores, y que en realidad el fuego se inició en la biblioteca, en la segunda planta. 

Aunque precisaba que se desconocía el desencadenante, comentaba que Rafael de Cózar estaba trabajando en ese momento, sobre las 21.30 del viernes, en la biblioteca, donde pasaba mucho tiempo desde su jubilación como catedrático de literatura moderna española escaneando y ordenando su obra impresa, así como escribiendo una novela, y donde tenía cables y enchufes del ordenador y otros aparatos, que pudieron sufrir un cortocircuito.

El escritor bajó a acompañar a la puerta de la calle a su mujer, que salía a comprar, y se quedó solo. Su hija Ana, de 20 años, tenía que llegar el día siguiente, sábado, desde Londres, donde estudia Comunicación. Al darse cuenta de que se había iniciado un incendio en su santuario de trabajo, cogió el extintor y subió a la primera planta para sofocarlo. Su instinto le pudo. "Si llego a estar allí, le hubiera agarrado para que no subiera", dice su viuda, muy serena. En medio del humo, perdió el conocimiento y cayó junto al extintor. 

Rafael de Cózar, Fito, Mercurial de plata 2011. 

Las llamas han devorado la biblioteca por la que el poeta, de 63 años, arriesgó la vida. Pero su mujer tiene la esperanza de que se haya salvado el disco duro de su ordenador Apple o que hubiera subido a la nube de Internet los materiales que había ido escaneando en los últimos tres años, así como sus poemas y la novela que estaba escribiendo.

Al sepelio en el cementerio de Bormujos acudieron más de 200 personas, entre familiares, vecinos y amigos del mundo de las letras y la universidad, tras un responso anterior en el tanatorio de San Jerónimo, en Sevilla, donde le habían practicado la autopsia.


Su cuerpo no se quemó. Ardieron sus libros, pero, además de legar intacta una riquísima obra literaria y pictórica, deja, como han destacado varios amigos, un recuerdo extraordinario como creador y como persona. Una herencia colectiva que el fuego frío del olvido no podrá apagar.






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