LA ZONA DE PADRES : Consejo de madre

Un día cualquiera, de un verano cualquiera. Con unos 35º de temperatura, sentados bajo la Parra que cubría el jardín de la vieja casa del pueblo. Agustín se encontraba de visita para ver a su anciana, pero joven de espíritu, madre.


Solo llevaban unos minutos, después de que su madre lo achuchara y le ofreciera una silla muy baja de Enea, cuando Agustín con su peculiar tono picaresco y serio, preguntó a su madre:
-Yo lo siento, mamá. Pero hoy, cuando decidí que iba a hacerte una visita, pensé en lo que te iba a preguntar. Le di un montón de vueltas. Lo mastiqué de arriba abajo. Lo regurgité dos o tres veces. Lo subí, lo bajé…no sé la de vueltas que le di a esto que te iba a preguntar. Porque, según mi criterio, tú te pudieras sentir incómoda o molesta. Pero, yo lo siento, mamá. Es más; yo creo, que cuando pensé en esto, me entró un miedo tan grande, que no sabía ni como ponerlo de pie.

La madre de Agustín, se hallaba, mientras escuchaba, dando unas puntadas a unos calcetines. Mientras cosía, esta levantaba unos ojillos oscuros y cansados por encima de unas gafas diminutas, mientras arqueaba las cejas sin parecer inmutarse. Pero, en una de esas, se detuvo para observar fijamente a su hijo, esta vez con los ojillos asomados por encima de aquellas gafas diminutas.

Agustín, al ver que su madre había dejado de dar puntadas, fue consciente de que diría algo. Entonces, se detuvo él también en su introducción. Por un momento, pareció como si su madre y él se esperaran mutuamente para ver quien retomaba el hilo de lo que fuese aquello. Pero fue ella, efectivamente, la que sin cambiar de postura de manos, ni de posición, sus gafas, se limitó a decir con voz suave, pero picarona:

- Bueno. Lo que sea, ya. Porque me está preocupando…
- Sí. Verás. La pregunta -, ahora titubeaba Agustín-. La pregunta es la siguiente. No hizo la pregunta. Cambió de postura en el asiento esponjoso de la silla de Enea. Cambió de posición las manos, las rodillas…lo cambió todo. Su expresión facial, su tono de voz. Se diría que Agustín se transformó en otro para hacer la pregunta a su madre. La pregunta del millón que él creía le debió haber hecho a su madre desde el día que aprendió a hablar. Algo portentoso por otro lado. 

Su madre volvió a dar puntadas intermitentemente, pero de forma distinta. Casi con precaución.

Un leve fruncimiento de labios, bastó para que Agustín se decidiera, pues aquella era la señal inequívoca de que su madre no daba más tregua. Y la pregunta se hizo realidad.

- Mamá. La pregunta absurda – comenzó hablando en tono bajo, pero “in crescendo”-, es muy sencilla…

Naturalmente, la madre de Agustín no tuvo más remedio que interrumpir la última e intermitente puntada para reposar las manos en sus faldas y asentir con aspecto sarcástico.

- Verás. ¿A ti, te molestaría que se cagaran en mi Puta madre?...bueno. mejor dicho. ¿A ti que opinión te merecería que alguien lo hiciera conmigo?.

Sin más, ni más, la pobre madre de Agustín, se limitó a contestar, - ahora ya más relajada-, con el carácter del que siempre había hecho gala. Ni siquiera dijo aquello de: “y a qué coño viene eso”, siquiera. Sino que siguió el ritmo de Agustín, mientras se pasaba la lengua muy despacio por los dientes, pero sin abrir la boca. Seguidamente, se relamió el labio inferior. Algo que, a primera vista hubiera podido parecer un gesto de molestia. Si Agustín hubiera tenido ahora 20 años, seguro que Amelia, le hubiera clavado la aguja de coser en un ojo. Y, después, le hubiera dado una buena bofetada en la boca. Porque Amelia para eso era muy “fina”. En la crianza de sus hijos, siempre cuidó muy mucho el lenguaje de estos. No así, el de ella, que en ocasiones, no era el de una Dama, precisamente. 

Pero, en este caso, Amelia era una mujer de su tiempo. Por lo que la respuesta, ¿podría ser también de su tiempo?.

La respuesta, sin titubear, fue rápida, de todos modos.
- Mira, cariño. A mí no me molesta en absoluto, - la comisura de los labios de Amelia, era un poema-. A decir verdad, me la trae “floja”, como tú dices. Ahora. Tú di que a mí, no me molesta. Pero que yo te digo, de mi parte, que si te quieres cagar en la Puta madre de quien quieras, tienes mi permiso, porque tampoco me molesta.

Ahora, Amelia se recogía en su asiento de Mimbre y apostillaba:

- No sé si será la respuesta que esperabas para la preguntita que tanto te ha costado sacar del buche. Pero, si pensabas otra cosa..

- No. - Respondió muy cándido Agustín, revolviéndose despacio en su asiento-. La verdad, es que ahora no recuerdo si la respuesta estaba entre las que había pensado. De todos modos. Yo diría que, de ahora en adelante, las haré con menos reparo…Y, por supuesto, la comparto.

Gracias Mamá. 
Agustín.
 

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