LA ZONA DE LOS NOMBRES : Megan Rice

Megan Rice aún recuerda el ladrido de los perros mientras se adentraba con otros dos activistas católicos en los bosques que rodean el complejo nuclear de Oak Ridge (Tennessee, EEUU). «Nos habríamos dado por contentos con atravesar la primera barrera», explica con voz inocente desde una cárcel de Brooklyn. «Pero todo fue más sencillo de lo que nos imaginábamos y tuvimos casi media hora antes de nuestra detención».



Aún no había amanecido cuando esta monja octogenaria y menuda y sus colegas Michael Walli y Gregory Boertje-Obed encendieron unas velas y rezaron en silencio durante unos minutos al pie del edificio de hormigón donde se enriqueció el uranio de las bombas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki y donde el Pentágono sigue produciendo combustible nuclear.

«Escribimos frases que cualquiera pudiera entender y rociamos el muro con sangre de otros activistas para recordar el holocausto de cientos de miles de personas», recuerda la hermana Megan, que envolvió el edificio con una cinta amarilla como si se tratara de la escena de un crimen y pronunció una oración aquel día de julio de 2012.



El primero en llegar fue un guarda que se aseguró de que los activistas no estaban armados y advirtió por radio a sus superiores, que enviaron refuerzos para encañonar a los pacifistas y esposarlos antes de meterlos en un furgón. «Aquel primer guarda nos salvó la vida», recuerda la monja con voz entrecortada. «Sabíamos que nos podían disparar y estábamos preparados para ello. Creíamos que merecía la pena dar la vida por la causa del desarme nuclear».

La hermana Megan estaba recluida desde abril en una prisión de Brooklyn. Un juez la condenó en febrero a tres años de cárcel por sabotaje y no saldría en libertad hasta el 14 de noviembre de 2015. «¿Cómo voy a pedir un indulto por un delito que no he cometido?», responde cuando se le pregunta si su orden religiosa o sus amigos han solicitado clemencia a la Casa Blanca. «Estar en prisión es importante para mí porque me ayuda a difundir la verdad».



Megan no se coló en el complejo nuclear de Tennessee por iniciativa propia sino de la mano del movimiento cristiano Plowshares, cuyo nombre está tomado de un versículo del libro del profeta Isaías

«Convertirán sus espadas en arados y sus lanzas en podaderas». 

Los activistas interpretan esas palabras como una llamada a combatir la carrera armamentística y han desarrollado unas 100 protestas en distintos puntos del país.



El movimiento lo fundaron en septiembre de 1980 los hermanos Philip y Daniel Berrigan: dos sacerdotes irlandeses afincados en Baltimore que penetraron en un complejo atómico y aporrearon con un martillo la punta de una cabeza nuclear. «El arado es un símbolo de la economía y de la agricultura», explica la activista Ellen Barfield, que pertenece al movimiento casi desde su fundación. «Nuestro objetivo es infligir daños menores a las armas, a los sistemas informáticos que las controlan o a los edificios donde se alojan. Nuestras protestas son una forma de oración».

Megan Rice nació en Nueva York el 31 de enero de 1930 y se crió en una familia de católicos progresistas cerca de la Universidad de Columbia, donde su padre se graduó como ginecólogo y donde su madre se doctoró como historiadora con una tesis sobre las claves religiosas de la esclavitud. «Uno de nuestros vecinos era el físico austriaco Selig Hecht, que trabajaba en un proyecto nuclear sobre el que no podía hablar ni con su hija ni con su mujer», recuerda la monja. «Ni mi hermana ni yo podíamos comprender aquel silencio y fue algo que se nos quedó grabado. Si algo debía permanecer en secreto había un motivo y el motivo no podía ser bueno».



Aquél fue el primer contacto de Megan con el proyecto que ayudó a construir la primera bomba atómica, pero no el único. Su tío Walter estaba sirviendo como marine en el Pacífico y la familia recibió con cierto alivio la noticia de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, que presagiaban el final de la guerra y la rendición de Japón.

«Sólo unos años después mi tío me contó lo que vio conduciendo por Nagasaki unos días después de la explosión», dice la religiosa. «Rescató una cruz de entre los escombros de la catedral y la donó a un museo pacifista de Ohio. En sus cartas siempre escribía la misma máxima: "Haz desaparecer las armas nucleares o desaparecerás". Su ejemplo tuvo un fuerte impacto sobre mí».

Megan no habría sido religiosa si no fuera por la hermana Mary Laurentina Dalton, una profesora de Latín que había vivido en Nigeria durante unos años y que le transmitió su vocación. «África fue el motivo por el que entré en las Hermanas del Santo Niño Jesús», recuerda entre risas. «Sabía que la orden tenía varias escuelas allí y que estaban a punto de crear alguna más. Llegué a Nigeria con 32 años pero me habría ido con 16. Al principio no teníamos ni luz ni agua corriente y dormíamos en el suelo pero no fue una sorpresa. Sabíamos que éramos pioneras y aquello era una oportunidad».



Megan ejerció como profesora durante 42 años en varias escuelas africanas. Pero vivió unos años en Nueva York a mediados de la década de los 80 para ayudar a cuidar a su madre y trabajar con ancianos desahuciados, enfermos de sida y personas sin hogar.

Fue entonces cuando descubrió el movimiento antinuclear. Primero durante una vigilia en Times Square y luego durante unos ejercicios espirituales en el desierto de Nevada. «El artífice de aquello fue el franciscano Louis Vitale», recuerda. «Quería que cientos de personas experimentaran la belleza del desierto y recordaran que el Gobierno había convertido aquellas tierras de las tribus indígenas en una enorme base para probar bombas atómicas. Lo que ha ocurrido allí durante décadas es una monstruosidad. Yo lo llamo el lugar más bombardeado del mundo».

Un brote de malaria y otros achaques obligaron a Megan a abandonar África en 2004. Así fue como solicitó permiso a su superiora para trabajar con quienes organizaban los encuentros de Nevada, donde fue arrestada una vez por un soldado a quien intentaba ofrecer la comunión. Allí conoció a varios activistas del movimiento Plowshares y empezó a implicarse en cada proceso judicial.

«Mi madre había muerto y ya no podía dar clase en África», recuerda la hermana Megan. «Por eso empecé a ir a juicios en Portland, en Baltimore o en Tacoma, donde varias personas más mayores que yo habían sido arrestadas en una protesta contra una base naval. Así fue como me decidí a hacer algo similar».



Megan y sus dos colegas prepararon la protesta durante meses y no informaron de sus planes a ninguna otra persona por temor a que fueran procesados por su complicidad. «Yo participé en una protesta similar hace unos años y el proceso fue muy parecido», explica el activista Paul Magno. «Rezamos durante meses y nos preguntamos qué ocurriría con nuestras familias si nos arrestaban. Éramos conscientes de que lo más probable es que fuéramos a la cárcel y de que un guarda nos podía disparar».

Las autoridades condenaron a la religiosa y a los otros dos activistas en un juicio en el que el magistrado dejó claro que aplicaba la ley contra su voluntad. 

El obispo emérito Thomas Gumbleton se pronunció a favor de los acusados y las monjas de la orden de Megan difundieron un comunicado en el que defendían su actitud. «Esperábamos que el juez tuviera en consideración la edad, la salud y las décadas de servicio de nuestra hermana», afirmó la superiora Mary Ann Buckley desde su convento de Rosemont (Pensilvania).

Megan respondió a la sentencia pronunciando unas palabras de agradecimiento y entonando en la sala el himno Sacred the Earth, compuesto por las monjas Ardeth Platte y Carol Gilbert durante una protesta anterior.

Megan apenas recibe visitas en Brooklyn y no duerme en una celda sino en una sala grande con varias literas donde la acompañan mujeres recluidas por robo, homicidio o tráfico de drogas. «Al llegar no tenía ni jersey ni ropa interior ni cepillo de dientes y enseguida mis compañeras me dieron todo lo que necesitaba», explica agradecida. «Aquí he aprendido muchas cosas: el sufrimiento de mujeres separadas de sus hijos durante décadas, el dolor de la ausencia de sus esposos y de nietos que ni siquiera conocen. Ojalá sea compasiva y pueda compartir ese dolor».

La monja se despierta en torno a las tres de la mañana, se ducha y medita en silencio en una habitación. Luego desayuna, responde cientos de cartas y correos electrónicos y conversa con las otras reclusas sobre su situación. «Megan ha ejercido durante décadas como misionera y siempre ha pensado que esa parte de su cautiverio merecía la pena», explica su amigo Paul Magno. «Escuchar a sus compañeras, pagarles una llamada de teléfono o encontrarles un abogado son cosas que ha hecho durante estos meses en prisión».



Lo que más extraña Megan es la posibilidad de ir a misa cada domingo. «Aquí sólo hay un capellán y celebramos la eucaristía muy de vez en cuando», explica. «Pero yo siempre he creído que hay una liturgia de la vida y que lo importante es dar la vida por los demás. Aquí tenemos judías, cristianas, ateas y musulmanas y esa liturgia nunca se para. A veces la celebramos con un sacerdote y a veces sólo con las demás reclusas. A menudo me reúno con ellas para rezar. Pero yo no me siento su capellán».



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