LA ZONA CEREBRO : Fernando Sánchez Dragó o el éxtasis



El primer encuentro de Fernando Sánchez Dragó con el LSD, con profundas repercusiones en su trayectoria vital a partir de entonces, ocurrió en la primavera de 1970. Su iniciación en el universo lisérgico fue tardía, como tardía fue su militancia en el jipismo. Cuesta imaginar a Dragó, a sus más de treinta años, con dos licenciaturas universitarias, con el pelo corto y sus maneras de joven crecido en el barrio madrileño de Salamanca, rodeado de jovenzuelos veinteañeros, andrajosos y melenudos que oían música de rock para colocarse. Luego terminaría recuperando el terreno cedido a los años de universidad, poniéndose a la altura de lo que la Década Prodigiosa exigía. Muchos de sus encuentros con lo invisible ―y con lo sagrado― se produjeron entonces, por la brecha del LSD.



Con sustancias enteogénicas, Dragó alude a todo lo que induzca iluminaciones psicodélicas: el ácido lisérgico, la mescalina, la psilocibina, La ketamina, la ayahuasca, el peyote, etc. El hachís y la marihuana también las inducen, pero sus virtudes son mucho menores. Mejor, en todo caso, ingerirlo que inhalarlo. A Dragó no le interesa ninguna otra sustancia que no conduzca al éxtasis ni induzca experiencias enteogénicas, es decir, que no suscite la manifestación de lo divino, o de lo sagrado, dentro de los confines de la conciencia.

La toma de este tipo de sustancias formaba parte de los misterios mayores llevados a cabo en el santuario pagano de Eleusis, de ahí su carácter sacramental y hermético. Por este motivo, su ingesta ha de realizarse únicamente con los fines de iluminación que les son consustanciales a los enteógenos, intramuros de un recinto sagrado ―sea real, mental o ambas cosas al tiempo― y, preferiblemente, bajo la vigilancia de un chamán o de alguien cuyo saber y gobierno se le asemeje, aunque esta tercera condición sólo rige para principiantes.

Existen otros procedimientos, además de la ingesta enteogénica, para alcanzar el éxtasis, como el ayuno, la meditación, la soledad, el trance artístico, las experiencias cercanas a la muerte, los desprendimientos astrales, la plegaria, la respiración holotrópica, la audición espontánea o inducida de la música de las esferas, los estados de semivigilia, el agotamiento, la epilepsia, la embriaguez dionisíaca o la cópula tántrica, pero los enteógenos atajan los caminos cognitivos, fulminan la conciencia y precipitan «el temor terrible de una revelación absoluta, traspasando esa puerta de las maravillas que nos sitúa ante la Presencia Divina».

Desde que en 1968 entrara en el Cabin Hotel de Katmandú, Dragó siempre reconoció su adicción al «porro de las buenas noches» para poder culminar sus artes amatorias y conciliar el sueño, aunque fuese consciente del perjuicio para la salud del tabaco con el que mezclaba la marihuana o el hachís. Cuando finalmente decidió dejar de fumar cannabis ―aunque siguiera tomándolo por otras vías―, Dragó comenzó una cruzada contra el tabaco desde todos los foros en los que tenía voz. Desde entonces ha criticado reiteradamente a quienes no respetan la libertad del prójimo y ha firmado cartas de apoyo al endurecimiento de las leyes promovido por el Ministerio de Sanidad en este asunto.


La apología de las drogas blandas y la defensa de su legalización ―cuando no de su abierta liberalización― son argumentos que Dragó expone en sus escritos con frecuencia. 

Sostiene que «el mejor sistema (por no decir el único) para terminar de una vez por todas con la plaga de las drogas duras consistía, y consiste, en permitir el cultivo, compraventa y consumo de las drogas blandas, impidiendo así la promiscuidad contra natura entre las unas y las otras nacida y crecida en el caldo común del cajón de sastre del prohibicionismo a ultranza». 

Las experiencias de Ámsterdamy California al respecto lo avalan. En tres lustros de legalización de drogas blandas, el consumo de heroína, la incidencia del SIDA transmitido por jeringuilla y la delincuencia se habían reducido a la mitad, sin contar con que el gobierno holandés había recaudado varios millones de dólares en concepto de tasas fiscales sobre los cultivos de marihuana. 


La casa del Caballero del Escarabajo fue construida en 1807.

Además, cada día que pasa se descubren nuevos usos farmacológicos del cannabis, cuyas bondades parecen infinitas, y sucesivos informes de la OMS afirman que éste es menos perjudicial para la salud y menos adictivo que el alcohol, el tabaco o el café.

Según cifras oficiales de la ONU, la cruzada contra la droga ha causado ya más muertes que las dos guerras mundiales juntas. El narcotráfico, por si fuese poco, se ha convertido en la séptima potencia económica mundial. No es exagerado, pues, considerar la cuestión como el mayor drama de nuestro tiempo. «Hace un cuarto de siglo no existía el problema de las drogas. 

Éste ha surgido a causa de la prohibición indiscriminada de las mismas. ¿Por qué, aunque sea a título de tanteo, no enmendamos el rumbo y optamos por aplicar soluciones que no sean coercitivas ni punitivas? Los resultados, créanme, serían instantáneos y espectaculares. [...] La legalización de las drogas resolvería en veinticuatro horas los siguientes problemas: muertes por sobredosis y adulteración, el setenta y cinco por ciento de los casos de SIDA (en España), el setenta y cinco por ciento de los delitos (son cifras de la Fiscalía General del Estado), el drama económico vivido por los familiares de los drogadictos, el narcotráfico y ―last but not least― el libre albedrío.» 

Y por si no fuese bastante, la legalización de las drogas y su elevación a monopolio de Estado durante una temporada inflaría las velas lo suficiente como para hacer que la marea baja de la crisis que tiene al barco del sistema financiero encallado remontara lo suficiente para salir del atolladero.


TEXTO ORIGINAL Javier Redondo Jordán

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