LA ZONA G8 : de Mónica Levinsky al Mossad

En el libro "Historia secreta del Mossad", Gordon Thomas sostiene que los servicios secretos israelíes grabaron las llamadas telefónicas amorosas entre Mónica Levinsky y Clinton y se sirvieron de ellas para chantajear a la Casa Blanca.

Lewinsky, en efecto, declaró bajo juramento ante Kenneth Starr que había sido advertida por Clinton de que una embajada extranjera grababa sus llamadas telefónicas.



Según Gordon Thomas, el Mossad posee las cintas de 30 horas de conversaciones "sexualmente explícitas" entre Lewinsky y el presidente y que supuestamente amenazó con hacerlas públicas si el contraespionaje norteamericano no abandonaba sus investigaciones sobre un agente israelí infiltrado en la Casa Blanca.

En tanto, en una entrevista con Barbara Walters, Lewinsky reveló algunos detalles sobre un funcionario del Pentágono que fue su amante cuando ya las relaciones con Clinton se habían enfriado. "Provocaba al presidente con esta historia".

Al ex rival en amores de Clinton lo conoció en 1996, durante un viaje de trabajo a Europa, y reveló sólo su primer nombre, Thomas, pero agregó que la historia entre ellos apenas duró algunas semanas.

Pero la historia de Mónica Levinsky, se entremezcla al mismo tiempo con una historia aún más rocambolesca. En un extracto del libro de Gordon Thomas la conexión entre las dos historias se hace patente:

"...En abril de 1997, el nombre de Rafi Eitan comenzó a reflotar en relación con un espía del Mossad en Washington, identificado por el FBI como MegaSu propia fuente bien situada en el Mossad le había contado a Eitan que el FBI había comenzado a investigar la participación de Mega en el manejo del asunto Pollard. ¿Había sido Mega la fuente del material ultrasecreto que Pollard había entregado? 


Rafi Eitan

El FBI había interrogado recientemente a Pollard en prisión y él había admitido que ni siquiera su salvoconducto de alta seguridad hubiera sido suficiente para obtener algunos de los documentos que su jefe, el fúnebre Yagur, le había solicitado. 

El FBI sabía que esos documentos se abrían mediante una contraseña secreta que cambiaba frecuentemente, incluso a diario. No obstante, Yagur parecía conocer los códigos en cuestión de horas para dárselos a Pollard.

¿Habían sido entregados por Mega? ¿Era Mega el segundo espía israelí en Washington, tal como sospechaba el FBI? ¿Cuan cercano había estado a Rafi Eitan? Estas eran las preguntas peligrosas que se formulaban en Washington y que podían deteriorar las relaciones entre la capital norteamericana y Tel Aviv.

Después de que el FBI lo identificara como el titiritero de Pollard, Rafi Eitan había aceptado que su trabajo en la inteligencia israelí no podía continuar.

Deseaba terminar sus días sin afrontar otro riesgo que el de chamuscarse con el soldador que blandía para realizar sus esculturas. Instintivamente se dio cuenta de que los acontecimientos de Washington representaban una amenaza para él, que podía ser raptado por la CÍA al entrar y salir de Cuba y ser llevado a Washington para un interrogatorio, con resultados imprevisibles. 

Y lo que era peor, el descubrimiento de la existencia de Mega pondría a trabajar las mentes de los altos cargos de la inteligencia israelí, del Rashei Hesherytin, el Comité de Jefes de Servicio, cuya función primaria es coordinar todas las actividades de inteligencia y seguridad interior y en el extranjero.

Pero ni siquiera ellos conocían la identidad de Mega. Todo lo que se les había dicho era que ocupaba un alto cargo en la administración Clinton. 


Si el presidente lo había heredado del Gobierno de Bush, era otro secreto bien guardado. Sólo los miembros pertinentes del Mossad sabían cuánto tiempo había ocupado Mega su puesto.


George H. W. Bush

Los componentes del comité sabían, sin embargo, que la contrainteligencia del FBI creía que la falta de acción contra el Mossad se debía al poder de la comunidad judía en Washington y a la resistencia de las sucesivas administraciones a enfrentarse con ella. Una vez más se podía recurrir a ese lobby para sofocar el fuego que se había generado desde que el FBI detectara por primera vez a Mega. 

El 16 de febrero de 1997, la Agencia Nacional de Seguridad había entregado al FBI la grabación de una charla telefónica nocturna, realizada desde la embajada israelí, entre un oficial de inteligencia del Mossad, identificado como Dov, y su superior en Tel Aviv, cuyo nombre no había sido revelado.



Dov había pedido consejo acerca de recurrir a Mega para pedirle copia de una carta del secretario de Estado, Warren Christopher, al jefe de la OLP, Yasser Arafat. La carta contenía una serie de garantías ofrecidas por Christopher a Arafat, el 16 de enero, acerca de la retirada de tropas israelíes de la ciudad de Hebrón, en la orilla occidental. 

Dov recibió de Tel Aviv la orden de «olvidar la carta. Esto no es
algo para lo que usamos a Mega». La breve conversación fue la primera pista que tuvo el FBI sobre la importancia de Mega. El nombre no había sido oído antes, durante la estrecha vigilancia sobre la embajada israelí y sus diplomáticos. 

Por ordenador, el FBI redobló la búsqueda de la identidad de Mega y la centró en quienes trabajaban allí o bien tenían acceso a algún funcionario del Consejo de Seguridad Nacional, el organismo que aconseja al presidente en materia de inteligencia y defensa. Su sede está en la Casa Blanca y entre sus miembros se cuentan el vicepresidente y los secretarios de Estado y Defensa. 


El director de la CÍA y el presidente del Estado Mayor Conjunto actúan como consejeros. La base permanente está encabezada por el consejero del presidente en seguridad nacional.

De qué manera habían descubierto los israelíes que su canal de comunicación seguro con Tel Aviv había sido violado seguía siendo un misterio tan bien guardado como la identidad de Mega. Como todas las sedes diplomáticas israelíes, la embajada en Washington estaba completamente al día en los adelantos técnicos más sofisticados para codificar e interceptar transmisiones: una parte significativa de estos equipos había sido adaptada sobre planos robados a Estados Unidos.

El 27 de febrero de 1997, una agradable mañana de primavera en Tel Aviv, los miembros del Comité de Jefes de Servicio salieron de sus oficinas en distintos lugares de la ciudad y se dirigieron, por la amplia calle Rehov Shaul Hamalekuhacia una entrada bien custodiada en un alto muro blanco coronado de alambre espinoso. 



Warren Christopher

Todo lo que se veía detrás de los muros eran los techos de los edificios. Elevándose entre ellos se alzaba una sólida torre de cemento, visible en todo Tel Aviv. A diversas alturas había numerosos racimos de antenas electrónicas. 

La torre era el centro del cuartel general de las Fuerzas de Defensa Israelíes. El complejo se conoce como Kyria, que significa simplemente «lugar».

Poco después de las once, los jefes de inteligencia utilizaron sus tarjetas magnéticas para acceder a un edificio cercano a la torre. Como la mayoría de las oficinas gubernamentales israelíes, el salón de conferencias tenía un aspecto miserable.


Benyamin Netanyahu

Presidía la reunión Danny Yatom, nombrado jefe del Mossad por el primer ministro Benyamin Netanyahu. Yatom tenía una reputación de duro muy al estilo de Netanyahu. Los rumores que corrían por Tel Aviv afirmaban que el nuevo jefe del Mossad había cubierto al acorralado primer ministro cuando su pintoresca vida privada amenazaba su carrera. Los hombres sentados alrededor de la mesa de cedro escucharon atentamente cuando Yatom trazó una estrategia en caso de que
el asunto de Mega llegara a un punto crítico.

Israel presentaría una protesta por la violación de su status diplomático, por el uso de micrófonos en su embajada en Washington, una maniobra que indudablemente avergonzaría a la Administración Clinton.



Danny Yatom

Luego, los colaboradores en los medios de prensa norteamericanos recibirían instrucciones de divulgar historias sobre la decodificación incorrecta de Mega por la palabra hebrea Elga, nombre en argot con que el Mossad se refería a la CÍA.

Además, la palabra Mega era parte de un vocablo bien conocido por la inteligencia norteamericana. Megawatt era el nombre en clave que habían usado hasta hacía poco tiempo para referirse a la inteligencia compartida. Los sayanim añadirían que otra palabra, kilowatt, era usada para referirse a datos compartidos sobre terrorismo. Pero por el momento, no se haría nada, concluyó Yatom. En marzo de 1997, al recibir información del agente en Washington, Yatom se dispuso a entrar en acción. Mandó un equipo de yahalomim para seguir el informe del agente sobre repetidas conversaciones de carácter sexual del presidente Clinton con una ex becaria de la Casa Blanca, Mónica Lewinsky


Éste efectuaba sus llamadas desde el despacho oval al apartamento de Lewinsky, en el complejo Watergate. Sabiendo que la Casa Blanca estaba enteramente protegida por contramedidas electrónicas, los yahalonim se concentraron en el apartamento de la chica. Empezaron a interceptar llamadas sexuales explícitas del presidente a la becaria. Las grabaciones eran enviadas por cartera diplomática a Tel Aviv.



La Casa Blanca, Estados Unidos.

El 27 de marzo, Clinton invitó una vez más a Lewinsky al despacho oval y le reveló que creía que una embajada extranjera estaba grabando sus conversaciones. No le dio más detalles pero, poco después, el affaire terminó.

En Tél Aviv, los estrategas del Mossad calibraban cómo usar unas conversaciones tan comprometedoras; eran apropiadas para el chantaje, pero nadie sugirió que se pudiera chantajear al presidente de Estados Unidos. Algunos, sin embargo, vieron las cintas como un recurso útil si Israel se encontraba contra la pared en Oriente Medio y sin el apoyo de Clinton. Hubo un consenso generalizado de que el FBI también debía conocer las conversaciones entre Clinton y Lewinsky. 


Algunos sugirieron a Yatom que usara el canal privado con Washington para hacer saber al FBI que el Mossad estaba al tanto de tales conversaciones: sería una forma nada sutil de obligar a la agencia a abandonar su caza de Mega. Otros analistas propusieron una política de espera argumentando que la información sería explosiva cualquiera que fuese el momento en que se revelara. Este punto de vista prevaleció.

En septiembre de 1998 se publicó el informe Starr. Yatom ya había dejado el cargo. El informe contenía una breve referencia a las advertencias de Clinton en marzo de 1997 sobre la intervención del teléfono de Lewinsky por parte de una embajada extranjera. Starr no había insistido en el tema cuando Lewinsky declaró ante el Gran Jurado sobre su affaire con Clinton. Sin embargo, el FBI pudo haber considerado esto como una prueba mayor de que no podía desenmascarar a Mega.




Seis meses después, el 5 de marzo de 1998, el New York Post publicó una historia de portada sobre las revelaciones contenidas en este libro. El artículo del Post empezaba así: «Israel chantajeó al presidente Clinton con las grabaciones de sus conversaciones sexuales con Mónica Lewinsky, según se afirma en un famoso libro de reciente publicación. El precio que pagó Clinton por el silencio del Mossad fue disuadir al FBI de que continuara con la cacería de un "topo" israelí de alto rango». Al cabo de pocas horas, esta completa distorsión de los hechos relatados en el libro (que yo había repasado cuidadosamente con fuentes en Israel y que Ari ben Menashe, ex consejero de inteligencia del Gobierno israelí podía confirmar) había aparecido, a través de la versión del Post, en todos los diarios del mundo.
El punto esencial de mi historia, que el fiscal Kenneth Starr no había llevado a cabo el procesamiento de Clinton, se perdió. Starr había anotado en su informe, que el 29 de marzo de 1997 «él [Clinton] le dijo a ella [Lewinsky] que sospechaba que una embajada extranjera [no especificó cuál] estaba grabando las conversaciones. Si alguien preguntaba alguna vez sobre el sexo telefónico, ella debía contestar que estaban al tanto de que sus conversaciones eran escuchadas durante todo el día y que el sexo era simplemente una simulación».

Las palabras del presidente indicaban de manera clara que se daba cuenta de que se había convertido en un blanco potencial para el chantaje. Al hablar con Lewinsky por un teléfono público —tampoco hay pruebas de que intentara asegurar el teléfono de la joven—, el presidente se había expuesto claramente a las escuchas extranjeras y, lo que es más, a las microondas de la Agencia Nacional de Seguridad. Dado que todo presidente electo recibe, rutinariamente, los informes de dicha agencia, también debería haber sabido que sus llamadas a
Mónica podían terminar en la fábrica de rumores de Washington.


Barry Toiv

Una idea del pánico que mis revelaciones causaron en la Casa Blanca se detecta en esta declaración que hicieron los portavoces, Barry Toiv y David Leavyante la prensa:

P: ¿Por qué se dijo que el presidente le había comentado a Mónica Lewinsky que estaba preocupado porque grababan sus conversaciones?

Toiv: Bueno, aparte del testimonio del presidente sobre el caso, no hemos comentado detalles como ése y no vamos a empezar a hacerlo ahora.

P: Cuando el presidente se enteró de esto, ¿estaba preocupado o molesto?

Toiv: Para ser honesto, desconozco la reacción del presidente en cuanto al libro.

P: ¿Por qué le dijo eso a Mónica Lewinsky? ¿Por qué le advirtió eso?

Toiv: Yo no he contestado esa pregunta (risas). Lo siento.

P: Sé que no la ha contestado, pero es muy pertinente.

Toiv: Bueno, una vez más, no haremos comentarios sobre detalles, aparte de lo que el presidente ha declarado.

P: No entiendo por qué le parece legítimo no comentar los supuestos comentarios del presidente sobre las escuchas de un Gobierno extranjero.

Toiv: Ha habido preguntas sobre toda clase de comentarios y testimonios, pero nosotros no vamos a añadir nada a las declaraciones del propio presidente.

P: Eso es porque según ustedes dicen es indecoroso y se refiere a «sexo. Se refiere a la seguridad nacional de Estados Unidos y a los supuestos comentarios del presidente sobre las escuchas de un Gobierno extranjero. ¿Y van a seguir sin hacer comentarios?

Toiv: No voy a añadir nada nuevo a su declaración.

P: No lo está negando.

Leavy: Obviamente no sabemos nada sobre un topo en la Casa Blanca. Pero es una antigua práctica de la gente que habla en este estrado derivar las reclamaciones a las autoridades apropiadas que hacen este tipo de investigaciones.

P: ¿Hubo algún intento del presidente por intervenir en cualquier tipo de investigación para encontrar al topo?

Leavy: No. No hay ninguna base para tales afirmaciones.

P: Bueno, sí hay una base. Hay un testimonio de Lewinsky, bajo juramento, que atribuye al presidente un comentario sobre las grabaciones de una embajada extranjera...

Leavy: Y Barry ya contestó esa pregunta.
P: Su contestación fue que no va a hacer comentarios. Eso no es una respuesta, con todo respeto.

Leavy: Déjenme decir dos cosas.

Tbiv: No añadiré nada a mis comentarios.

Leavy: Sí. Definitivamente, yo tampoco voy a agregar nada a los
comentarios de Barry. Pero permítanme decir sólo esto. Tomamos todas las precauciones para asegurar las llamadas telefónicas del presidente. No existe ninguna base para las afirmaciones del libro.

P: ¿Se lo ha dicho la CÍA o el FBI? ¿O simplemente se trata de un reflejo condicionado?

Leavy. Pueden tomarlo como un hecho probado.

P: Entiendo que aseguraran sus comunicaciones. Pero si él toma el teléfono y llama a cualquier ciudadano común a las dos y media de la madrugada, ¿qué nos asegura que ese teléfono no está intervenido? ¿Acaso su sistema de seguridad prevé tales situaciones?

Leavy: Se hacen algunas afirmaciones muy serias en este libro y lo que yo estoy diciendo es que no tienen ningún fundamento. Así que lo dejamos ahí. Ningún periódico serio intentó desentrañar unas respuestas tan reveladoras. Resultó que el Mossad no era la única organización que había grabado las conversaciones sexuales. 


El senador republicano por Arizona, Jon Kyl, miembro del selecto comité de inteligencia, declaró a su diario local, el Arizona Republic«que una agencia de inteligencia puede haber grabado conversaciones telefónicas entre el presidente Clinton y Mónica Lewinsky. Hay distintas agencias en el Gobierno cuyo negocio es grabar ciertas cosas por ciertas razones, y fue una de ellas».


Kyl se negó a identificar la agencia y/o agencias: «eso es algo sobre lo que no puedo entrar en detalles». De sus fuentes agregó: «En virtud de quienes son, poseen credibilidad. Pueden suponer que se trata de gente que durante algún tiempo formó parte del Gobierno federal». Siguió comparando la existencia de las cintas con las flagrantes pruebas del escándalo Watergate.


David Leavy

Esas explosivas declaraciones de un respetado político jamás llegaron a ser de dominio público. De acuerdo con una fuente importante de la inteligencia israelí, Rafi Eitan había recibido una llamada telefónica de Yatom para recordarle la necesidad de que se mantuviera alejado de Estados Unidos en el futuro inmediato. Rafi Eitan no necesitaba que le dijeran lo irónico que resultaría que lo atraparan con la misma técnica que lo había convertido en leyenda: el rapto de Adolf Eichmann. Peor sería todavía que lo eliminaran con los métodos que le habían forjado una reputación entre los hombres que consideraban el asesinato parte de su trabajo.









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