LA ZONA CEREBRO : Desintoxicación cerebral




Nos hallamos inmersos en una gran hecatombe momentánea. No conocemos la situación, porque lamentablemente, no la hemos vivido antes. Una gran hecatombe en nuestro cerebro. Algo que describiríamos como una fuerte presión en las sienes. Un bloqueo de los sentidos, del paladar, del tacto, del oído. 




Un conjunto de sensaciones que si en ese momento sucumbiéramos a todas ellas, acabaríamos inmersos en un mar sin fondo y sin retroceso a la superficie. Algo fatal, pero remediable. 

Esto podría describir muy por encima, lo que comúnmente llamaríamos un bloqueo de nuestro cerebro por estrés o una depresión en la que los síntomas empiezan a aparecer o se están manifestando como señal de alarma. 

Algo así como una alarma de incendios, pero en el que los bomberos pueden hacer ya muy poco por extinguir el fuego. Al menos, de momento. 

Es hora de cerrar las compuertas y de poner freno a todos estos peligros que asedian a nuestro cerebro. Una plaga de virus tóxicos penetran por cualquier abertura que eso si, hemos dejado abierta nosotros mismos. 


Algo de lo que no debemos sentirnos culpables. Ese tipo de plaga o como queramos llamarlo, penetra en nuestro cerebro intoxicando todos sus recovecos, porque no somos conscientes de que hay una puerta mal cerrada. 

Las ventanas dejan pasar y salir el aire. Entonces, la calefacción escapa y el aire caliente deja paso al frío. 

Eso es lo que nos podemos encontrar en nuestro cerebro, si no somos conscientes de que el mantenimiento es algo muy importante para un músculo muy mal cuidado y respetado. 

Simplemente, porque nadie nos ha enseñado a hacerlo. Ni nadie nos va a enseñar. El dueño y señor de todo su reino somos nosotros mismos. El tiempo hace el resto. Pero, es que tampoco nos han enseñado a respetar el tiempo. 

Nuestro alimento es el aire con el que nuestro cerebro se oxigena. Pero el tiempo pasa por encima de él como una apisonadora. De eso, tampoco somos conscientes hasta que no hemos estado bajo las patas de los caballos. 


Una enorme pizarra se abre ante nuestra vista mientras cerramos los ojos y la visualizamos. Este debe de ser el principio de una buena sesión de limpieza cerebral 

La clase debe estar limpia, pero una enorme pizarra llena de manchas y suciedad, desluce todo el trabajo. La sensación de asco es desalentadora. 

Más aún, cuando en esa pizarra vamos a escribir con buena letra, lo que queremos transmitir. Y lo que queremos transmitir, debe ser algo coherente con nuestra forma de pensar y de sentir. 

Porque es a nosotros mismos en parte, a quien va a ir dirigido el mensaje. Deberíamos ponerlo en práctica. No solo escribirlo, pues estaríamos siendo hipócritas con nosotros mismos. A menos que seamos conscientes de que estamos siéndolo. 

Nuestros defectos deben ser nuestros y sólo nuestros. Nuestros defectos y virtudes deben ser de nuestro dominio público. Pero siempre debemos ser conscientes de lo que somos. 

Si somos horriblemente feos, pero nadie, ni nada nos ha hecho enfrentarnos a esa situación, estamos ante una etapa de indefensión tal, que cualquiera puede decir que “aún no sabemos lo feo que somos”. Entonces, es hora de que nos vayamos enterando. ¿Cómo?. Alguien se encargará de estamparnoslo en la cara como un tartazo. 

Sin derecho ninguno, claro. Pero ¿acaso somos árbitros del comportamiento de los demás o de sus opiniones?. 


El mantenimiento y la hora de la limpieza cerebral empieza en el momento en que decidimos frenar los proyectiles que nos han agujereado la ropa o el cuerpo. Si hemos sangrado en la reyerta, la cosa duele un poco más. Pero solo un poco más. No hay que ser alarmistas. 

El mantenimiento comienza mimando nuestro músculo más desconocido y oculto. Un cerebro capaz de hacer maravillas, si las riendas las sabemos llevar en su justo punto. 

El primer detergente que deberíamos utilizar para una buena desinfección inicial se llama IGNORANCIA. Sin ella no vamos a poder vislumbrar lo que hay detrás de ese cristal lleno de vaho que vemos y que nos hace tropezar a cada momento. Sin ella, todo es borroso y opaco. 

Cuando empezamos a conocerla, aprendemos a utilizarla en su justa medida. Sin sobrepasarnos. 

Debemos utilizarla en dosis bajas y en momentos puntuales. Aprender a controlarla es aprender a nadar en nuestro cerebro. Ella nos permitirá obtener esa claridad que tanto necesita nuestra visión mental de los hechos. 

La ignorancia de lo que tenemos delante no debe confundirse ni mezclarse con la pasividad, ni con la falta de respeto. Simplemente, se trata de eliminar toxinas. Esas toxinas que están haciendo que nuestro cerebro malgaste energía y tiempo. Porque dentro cabe todo el tiempo del mundo. Y conservar dentro de nuestro cerebro todo el tiempo del mundo puede llegar a ser un caos. Sobre todo, si ese tiempo es el tiempo que los demás emplean en malgastarlo. 


La ignorancia tiene que ser similar a un colador con el que colamos la nata de la leche. Solo debemos filtrar lo que va a producir proteínas y vigor. El resto es toxicidad y contaminación ambiental en forma de palabras, hechos, miradas, rencores que no nos pertenecen, porque son de otro. Por lo que, ¿qué necesidad tenemos de llevar tanto peso encima ?,
 si ese peso está produciendo podredumbre y miseria. 

La ignorancia de la que se trata aquí debe conducirnos a la brillantez. Nunca a la confusión. Por eso, debemos ser conscientes de que estamos trabajando con ella. Deberíamos tratarla como a un clavo candente. Necesitamos unas tenazas para sujetarla. Naturalmente, sentimos el calor que desprende, pero no debemos quemarnos. 

Hasta llegar al punto en el que nos encontramos preparados para modelar y moldear esa ignorancia, quizás deberíamos haber superado varias etapas dolorosas, está claro que si. Pero, si el camino es ese y el fin el otro, bienvenido sea. 

Si hemos llegado al punto en el que somos unos maestros en el control de tal virtud, significaría que hemos recorrido un camino de espinas muchas veces. Y nos encontramos agarrados a una valla que debemos saltar, pero que se encuentra o electrificada o demasiado alta. 

No importa. llegados a ese punto, tarde o temprano saltaremos. Pero ¿Nos ha dicho alguien que antes debemos mirar atrás?. No. 


Entonces la luz de alerta debería encenderse. Pero solo un momento. El momento necesario para girar la cabeza y volver a mirar al frente. Si abusamos de el espejo retrovisor, corremos el riesgo de estrellarnos. 

La regla de tráfico, como la de nuestro cerebro, es que: debemos mirar con frecuencia y con brevedad. Solo así conseguiremos llegar al final del camino. Un camino que a veces se asemeja a un túnel pero que solo los que han logrado saltar la valla de espinos conocen realmente. Y todos coinciden en lo mismo. Al final, se ve el sol. 

El objetivo de esta carrera de fondo hacia el interior de nuestro cerebro, es conseguir la máxima cantidad de claridad mental. Una claridad que nos proporcione bienestar hecha a base de pensamientos constructivos que nos enriquezcan como personas. Si desechamos todos aquellos pensamientos que nos ocupan y que no pertenecen a nuestro ámbito más personal, debemos seleccionar el contenido minuciosamente. Ahí empieza el “filtrado”. 

Mucho de esos pensamientos tóxicos, ocupan un tiempo precioso de nuestra vida. En ellos, aparecen amigos, vecinos, familiares e incluso desconocidos que con sus “via crucis” particulares, inundan nuestro espacio mental intoxicando nuestras distraídas ideas. 

No solo se trata de seleccionar ese tipo de pensamientos tóxicos. También se trata de discernir al individuo tóxico del no tóxico. 

La base de nuestros pensamientos, será la llave que abrirá o cerrará muchas puertas que dejarán pasar un aire más o menos contaminado del que nuestra arma y músculo más poderoso se alimente.

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El secreto














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