La zona del Misterio: LA LEYENDA GITANA DE LOS TRES CLAVOS


La Biblia ofrece una selección siempre nueva de interpretaciones, sea cual sea el objeto de la investigación. Acerca de los gitanos, hay quien no ha dudado en ver en ellos la descendencia maldita de Caín

 

Los textos del Génesis en particular, subrayando la maldición caída sobre el hermano de Abel, evocan muy acertadamente el nacimiento de un pueblo nómada lanzado al viento de las cizañas. 

«Si cultivas la tierra, no te dará ningún fruto; serás un vagabundo errante por la tierra (errante y vagabundo: na' we nad) (4, 12)... y Yahvé le señaló para que nadie le golpeara (4, 15).» Sabemos ahora que la famosa marca, probablemente el tau, no es un estigma que condena a su portador a la reprobación general, sino un signo de reconocimiento que lo señala como miembro de un clan en el que la venganza de la sangre es ejercida de una forma terrible: rasgo que se encuentra en los gitanos. 

El Genesis precisa las ocupaciones a las que serán condenados los hijos de Cain, y son suficientemente conocidos los oficios de los gitanos para poderlos reconocer aquí: «Lamek (quinto descendiente de Cain) tomó dos esposas: el nombre de la primera era Ada y el nombre de la segunda, Cilla. Ada dio a luz a Yabal: fue el antepasado de los que viven bajo las tiendas... 

 

El nombre de su hermano fue Yubal: fue el antepasado de los que tocan la lira y el caramillo. Por su parte, Cilla dio a luz a Túbal-Cain:1 fue el antepasado de todos los forjadores de hierro y cobre... (4, 19-20-21-22)». 

Estudiando las creencias religiosas de los gitanos, veremos reaparecer a menudo el recuerdo de esta maldición original. Pero esta maldición era demasiado vaga o insuficiente. Es en la Crucifixión donde las leyendas han intentado circunscribir el problema. 

Varias de estas leyendas, conservadas en la tradición gitana, se refieren a los obreros que forjaron los clavos de la cruz. Era normal que en el tema del suplicio de Jesús, los descendientes de Caín pretendieran identificarse con las personas de aquellos herreros culpables. La más importante de estas leyendas es bastante significativa sobre este punto, y el lector nos perdonará su extensión así como su estilo recitativo.

 

«Cuando Yeshua ben Miriam, que el mundo llamará Jesús, fue entregado a los carceleros romanos para ser crucificado, dos soldados romanos recibieron el encargo de procurarse cuatro sólidos clavos. Los soldados recibieron ochenta kreutzers para comprar clavos en casa de un herrero; pero se detuvieron en una taberna y se gastaron la mitad del dinero en beber el vino que los griegos vendían en Jerusalén... 

Luego se precipitaron tambaleándose fuera de la taberna, y al llegar a la casa del primer herrero que encontraron, le dijeron con voz recia para asustarle: "Necesitamos cuatro clavos gruesos fabricados ahora mismo para crucificar a Yeshua ben Miriam . El herrero era un viejo judío, y saliendo tras de su fragua, repuso: "No forjaré clavos para crucificar a Yeshua ben Miriam..." Entonces, los soldados le traspasaron con su lama después de haberle prendido fuego a la barba. 

Foto de gitanos después de aplicación de la herramienta Recorte 

»Un poco más lejos se hallaba el taller de otro herrero. Los soldados fueron allí y ordenaron: "Fabrícanos cuatro clavos gruesos y te daremos cuarenta kreutzers. 

Aterrorizado, el judío se dirigió a su fragua y empezó su trabajo. Uno de los soldados, deseoso de ayudarle, se inclinó hacia él y le dijo: "Que Sean buenos y sólidos, judío, porque al amanecer vamos a crucificar a Yeshua ben Miriam . Cuando oyó pronunciar este nombre, el judío se quedó inmóvil, con la mano en alto sosteniendo el martillo. Y la voz del primer herrero que los soldados habían matado, musitó débilmente, sin aliento: 

 

"Aria, no fabriques los clavos; son para un hombre de nuestra raza, un hombre inocente." Aria tiró el martillo al lado de la fragua y dijo: "No haré los clavos . Los soldados también estaban asustados, porque habían oído la débil voz del hombre al que habían matado. Pero estaban furiosos y borrachos y atravesaron al herrero a lanzadas... 

»Si los soldados no se hubieran gastado cuarenta kreutzers en beber, hubieran podido regresar a su campamento y explicar lo que había ocurrido, salvando así la vida de Yeshua ben Miriam. Pero les faltaban cuarenta kreutzers. Por esto salieron del recinto de Jerusalén. Se encontraron con un gitano que acababa de levantar su tienda e instalar su yunque. Los soldados le ordenaron que forjara cuatro gruesos clavos y depositaron ante él los cuarenta kreutzers. 

 

El gitano, ante todo se embolsó el dinero, y luego se dispuso a trabajar. Cuando el primer clavo estuvo forjado, los soldados lo metieron en una bolsa. Cuando el segundo estuvo terminado, lo metieron también en una bolsa. 

Hicieron lo mismo cuando el tercero estuvo a punto. Y cuando el gitano se disponía a forjar el cuarto clavo, uno de los soldados dijo: "Gracias, gitano. Con estos clavos vamos a crucificar a Yeshua ben Miriam." Apenas había terminado de hablar, cuando las voces trémulas de los herreros asesinados suplicaron al gitano que no terminase de fabricar los clavos. Había anochecido. Los soldados, aterrorizados, huyeron antes de que el gitano terminara el cuarto clavo. 

»El gitano, contento por haberse embolsado los cuarenta kreutzers antes de empezar su trabajo, terminó el cuarto clavo. Entonces aguardó a que el clavo se enfriara. 

Vertió agua sobre el hierro ardiente, pero el agua se evaporó y el hierro continuaba tan incandescente como cuando lo tenia puesto al fuego con sus pinzas. El gitano vertió más agua, pero el clavo permanecía ardiente como si fuera un cuerpo vivo y sangrante. Y la sangre hacia crepitar el fuego. 

 

Vertió más y más agua sobre el clavo: el agua se evaporaba y el clavo continuaba incandescente. 

»En la oscuridad de la noche, una gran extensión del desierto quedaba iluminada por el fulgor del clavo. Aterrado, el gitano cargo su tienda sobre su asno y huyó. A medianoche, entre dos altas dunas de arena, el viajero solitario, rendido, montó de nuevo su tienda. Pero allí, a sus pies, brillaba el clavo que había forjado cerca de las puertas de Jerusalén

Como se hallaba cerca de un pozo, fue sacando agua toda la noche.para apagar el fuego del clavo. Cuando hubo sacado la última gota, esparció arena sobre el hierro candente, pero el hierro no dejaba de brillar. Presa de pánico, el gitano huyó más lejos, adentrándose en el desierto.

 

»Cuando llegó cerca de un pueblo árabe, el herrero montó su tienda; pero el clavo incandescente le había seguido. Entonces ocurrió algo. Un árabe llegó y le pidió que le arreglase la llanta de una rueda. Rápidamente, el gitano cogió el clavo ardiendo y reparó la juntura de la llanta, y observó cómo se alejaba el árabe, y una vez éste hubo desaparecido, el gitano se fue sin atreverse a mirar detrás de él. 

Después de varios días de camino alcanzó la ciudad de Damasco, en donde instaló su fragua. Meses después, un hombre le llevó el arriaz de una espada para repararlo. El gitano encendió su fragua, y el puño de la espada se puso incandescente a causa del clavo que estaba dentro. El herrero lió su petate y huyó.

»Y el clavo aparecía siempre delante de las tiendas de los descendientes del hombre que forjó los clavos para crucificar a Yeshua ben Miriam. Y cuando aparece el clavo, los gitanos huyen. 

 

Es por esto por lo que siempre se desplazan. Y es por esto por lo que Yeshua ben Miriam fue crucificado tan sólo con tres clavos, y sus pies puestos el uno encima del otro atravesados por un solo clavo. El cuarto clavo anda errante de un extremo al otro del mundo.»

Esta leyenda, recogida en Macedonia, recitada en forma de letanía por las noches a la luz de las hogueras de los campamentos, presenta algunas variantes en otros grupos gitanos. 

 

Así vemos que los nómadas del Danubio pretenden descender de los impíos que asesinaron a los niños de Belén, negaron asistencia a la Virgen cuando su huida a Egipto, aconsejaron a Judas que vendiera a Jesús, y finalmente forjaron sin escrúpulos los clavos de la cruz. 

En cuanto a los gitanos de Serbia, creen que sus antepasados se limitaron a robar el cuarto clavo de la cruz por algún oscuro motivo, y que su castigo fue errar durante siete años (o siete siglos).

Siguiendo una tradición paralela, pero en la cual los clavos no desempeñan ningún papel, los gitanos hubieran sido los guardianes de Cristo, y habiéndose emborrachado en la taberna, no habían podido defenderlo.

Naturalmente, todos estos relatos no son más que una fantasía. Ningún texto, por alusivo que sea, nos ha confirmado la presencia de los gitanos en Palestina en los primeros tiempos de nuestra era. 

Pero estos cuentos tradicionales, respetados siempre por los gitanos, manifiestan el deseo que tiene un pueblo sin raigambre, de no carecer totalmente de raíces. La influencia del cristianismo, sin duda, ha impulsado a los gitanos a traducir en términos bíblicos los mitos de su desconocido origen.




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