Memorias de un pueblo: LA CRUZ DE PIEDRA


Me disponía a coger el tren, que me llevaría a aquel pueblecito costero, donde cubrir la ultima noticia, referente a los inmigrantes que habían llegado a la playa.
Allí, habían arribado unos veinte niños hambrientos, con una mujer embarazada, desde las costas Africanas.


El viaje sería largo. Me busqué rápido, el libro que me haría compañía. Puede que incluso ni lo leyera. Siempre terminaba observando el paisaje, que siempre resultaba ser nuevo y fascinante. 
Nunca, ninguna estación del año, es igual a la anterior.
Conseguí emprender mi trabajo en aquel pueblecito acogedor. Pero algo hizo que un acontecimiento centrara toda mi atención casi más, que mi propio reportaje.
Jamás me había ocurrido.
Mi experiencia se enriquecía doblemente, con lo que allí viví durante aquellos días.
Ese acontecimiento, fue conocer a María.


A María la conocí, tras instalarme en aquel Hotelito un poco apartado del pueblo. Quizás, llevaba allí tres o cuatro días, cuando empecé a interesarme por ella y por su misterio.
El tiempo del que tanto aprendí, me hizo llegar hasta ella.
María vivía en una casona antigua, de las que en sus tiempos, perteneció a un poderoso y acaudalado terrateniente del pueblo.
Cada mañana desde mi terraza, podía observar la Casona. Solía desayunar allí, mientras el trino de los pájaros me acompañaba, rodeado de grandes macetones sembrados de flores, que colgaban desde las paredes, y hacia la calle. Era un lugar frondoso y fresco.
De la gran Casona me separaban unos cien metros. Se accedía a ella por el mismo camino que conducía al Hotelito.
Era un camino de piedra ancho, flanqueado a los lados por frondosos abedules.
María vivía con dos hombres más, que siempre pensé, serían su hijo y su esposo. Luego, supe que eran sus hermanos. Desde la terraza solía ver como ella salía cada día con aquella banquetilla en la mano, que al principio imaginé, le serviría para ordeñar vacas o algo así.


A lo lejos, también divisaba su pelo recogido como en forma de trenza. Y su cabello, me parecía de un blanco dorado.
Mi reportaje, me robaba toda la mañana. Por lo que me decidí a seguir con mi faceta de observador-curioso, el resto de la tarde.
Luego, descubrí que María solía hacer aquella ruta, también algunas tardes.
Con el paso de los días, me decidí a acercarme por la casona, mientras daba un paseo por aquel camino de piedra, que en su día, fue una calzada romana. Y que luego restauraron, dándole aquel aspecto románico y medieval.
Empecé a dedicar las tardes a pasear por un pequeño prado que rodeaba la Casona. Queria observar más de cerca a aquella misteriosa anciana, objeto de mi curiosidad. Y descubrir el secreto de aquella ruta.
Por un momento, reaccioné ante mi indiscreción y descubrí, que no era el periodista el que indagaba, sino la persona.
Cuando me acercaba a la Casona, rodeaba aquella verja impresionante, hecha de piedra y barrotes gruesos del color de la piedra caliza. Me imaginaba estar rodeando una fortaleza.
Por donde alcanzaba a ver, divisaba maleza y una extensa arboleda. La Casona se erguía por entre las copas de los árboles, pero solo desde algunos ángulos.
Al día siguiente, me dejé caer sobre aquella verja majestuosa, y encendí un cigarrillo. Ahora, observaba sin disimulo, como un niño que se halla ante la jaula de los monos, en un Zoológico. Yo, en cambio, parecía querer introducir la cabeza.


Me hallaba a varios metros de la entrada. Esta, se hallaba flanqueada por una enorme puerta de hierro y barrotes. Un enorme arco de piedra, dejaba entre ver la fecha de su construcción con números romanos. A lo que no presté demasiada atención.
Ni siquiera me percaté de si alguien había salido. Solo sé que escuché un lejano estruendo. El que producía aquella puerta majestuosa al cerrarse, porque ya alguien había salido.
Tras el estruendo me giré, entonces fue, cuando pude comprobar como un hombre bajito y con boina se disponía a abandonar la casa. Pero antes, se dirigió a mí con paso lento, mientras en una mano, sujetaba una pipa.
Le vi frente a mí con sus ojos pequeños y una edad avanzada, pero bastante ágil. Su pelo blanco, interfería con el negro de su boina y el negro de sus pequeños ojillos.
No vi rasgos de molestia en su rostro, al contrario.
En aquel momento, se percató de que mi curiosidad estaba centrada en la anciana. Precisamente, María se disponía a llevar a cabo la ruta diaria. 
El quehacer, se suponía, se llevaba a cabo, dentro de la propiedad. Ya que nunca la vi abandonar la Casona. Siempre se perdía por entre los árboles de aquella extensión incalculable.
Fue entonces, cuando aquel hombrecillo me explicó, que María era su hermana mayor.
Me dijo a donde iba cada día. Todo se remontaba a sus años de juventud.


María perdió a su hombre, precisamente cuando estaban pensando en casarse. La guerra hizo el resto. Su hombre no desapareció, como otros. Se lo arrancaron de los brazos, cuando lo llevaron preso.
Cuando se soltaron, él le dijo que volvería. De eso hacía ya más de sesenta años. Porque no volvió. Y María, quedó allí, como una flor mustia para los restos.
Luego, vendría el luto riguroso, también para los restos con el que hacer la ruta diaria.
El amor de María, era un año menor que ella. Se llamaba Fernando, y era el maestro del pueblo. Solo eso; el maestro.
Los dos hermanos de María, fueron al frente. Al volver, hicieron indagaciones para localizarlo. Pero, pronto descubrieron, que estaba en una lista de fusilados.
A María, no le contaron nada. Cuando ella preguntaba, ellos solían contestarle: “Con el tiempo, María, con el tiempo”.
Hasta que los hermanos de María, no esclarecieron su muerte, no descansaron.
Descubrieron, que a Fernando no lo habían fusilado con el resto. Descubrieron al hombre que lo hizo. Aquel hombre, se había encargado de dispararle dos tiros en la cabeza, personalmente, en un lugar apartado de la trasera del cementerio.
Pero, hubo un testigo. Alguien que sobrevivió al fusilamiento, y lo vio todo.
El asesino, era un hombre de sumo poder e importancia en el pueblo. Tenía mucho poder, pero mucho por donde callar.
Pronto, descubrieron que Fernando había sido arrojado a una fosa, junto con los demás fusilados.
Esto, también lo supieron por boca del asesino. Este, se vio acorralado, e hizo un trato con los hermanos. Les cedería su casa, a cambio del silencio.
Y el silencio se estaba rompiendo. Lo que nunca supe, era si esa exclusividad, la había tenido yo, o hacía tiempo que ese silencio se había roto.
La moneda de cambio, se hallaba majestuosa ante nuestros ojos; la vieja y enorme Casona apuntaba con sus minaretes hacia el cielo, ajena al dolor de los que la moraban.
Ante el lamentable estado de María, sus hermanos decidieron decirle, que su hombre había muerto. Luego le prometieron que lo encontrarían. Y finalmente, lo prepararon todo.
No encontraron su cuerpo, pero construyeron con sus propias manos aquella cruz sobre la Loma.
Ese sería el lugar elegido, para que María pudiera derramar sus lágrimas en paz. Durante más de sesenta años, nunca le faltaron flores.
El hombre de la pipa, y los ojos pequeños, me acompañó del brazo hasta la loma, en donde encontraríamos a María. Al llegar, vi como se hallaba sentada en aquella banqueta de ordeñar, con las manos entrecruzadas, mirando al suelo.
Frente a ella, aquella cruz de piedra. Su único consuelo durante años. El consuelo de pensar que allí están los huesos de su hombre. Y el consuelo de morir en paz convencida de ello.
Aquí me he de enterrar yo cuando muera, me decía. Aquí con él.


Antes de que pudiéramos acercarnos a ella, lo suficiente para que se cerciorara de nuestra presencia, María se había dado la vuelta. Se levantó despacio. Se dirigió hasta nosotros.
Entonces vi sus ojos pequeños, pero claros. Su pelo entrecano. Su trenza, esa que le daba aquel aire juvenil a ratos, pero que no podía esconder el dolor de los años de su cara, hecha de surcos de lágrimas.


Tras presentarme, ella me cogió del brazo suavemente. Me dedicó una mueca de sonrisa. Luego, en un susurro, me dijo: Ven, vamos a rezarle.
Desde ese día, fui otro. Mi reportaje sobre los inmigrantes, fue un éxito. Pero, la historia de María también lo fue, pero en mi corazón. En mi interior, fue una explosión de sentimientos. En mi memoria, una huella.
No quería olvidar tampoco, el dolor de aquellos niños recogidos de aquella barcaza africana, ni de aquella mujer embarazada.
Al volver, mi corazón venia partido en dos. Uno, olía a África, y el otro, a flores y a mar.

Arturo65

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